Foto Sergio


En Memoria de Sergio Servetto,
18/1/68 - 24/7/07





Borges se lamenta en un poema de no haber sido feliz, de no haber tenido el coraje vivir la vida tomando más riesgos y menos precauciones, de haber vivido dominado por el miedo a las consecuencias de sus actos.

Este poema poco representa la forma en que Sergio encaró la vida. Siempre supo con claridad lo que quería de ella. Siempre estuvo dispuesto a pagar el precio de vivir de la forma en que quería. No existía el obstáculo que resistiera a su indestructible determinación.

Cuando lo conocí, yo no era más que un buen estudiante en la Universidad de La Plata, Argentina, apasionado por lo que aprendía y descubría, pero ciego a mi entorno. El día que conocí a Sergio, él estaba llevando a otros amigos a conocer la ESLAI, una escuela que yo había oído mencionar una vez y a la que por supuesto no había prestado mayor atención. Sergio nos subió a todos en su auto, y con ello comenzó una campaña en la que terminó convenciéndome de postular. La ESLAI es una de las mejores cosas que me han pasado, y muy probablemente no me habría pasado si no me hubiera cruzado con Sergio aquel día.

Durante el colapso de la ESLAI, mientras todos nos quedábamos viendo cómo nuestro futuro hacía agua, Sergio hacía planes para entrar en IBM mediante una pasantía. Qué fácil era dejarse llevar por alguien con semejante determinación. Pero Sergio, a diferencia de mi nebulosa de aquel entonces, tenía perfectamente claro que el paso por IBM era sólo un peldaño para llegar a lo que realmente le apasionaba: la investigación científica. Tardé varios años más en entender que la investigación era mi camino también, y tuve que quemar naves y saltar al vacío para lograrlo. No sabría decir si me hubiera atrevido de no haber tenido al lado a Sergio, con su seguridad inquebrantable sobre lo que quería de la vida, con su pasión por la investigación. Hoy sé positivamente que, parafraseando a San Martín, si yo no fuera investigador no sería nada.

Tampoco le fue nada fácil a Sergio. Su camino pasó por Urbana-Champaign, Estados Unidos, donde prácticamente tuvo que volver a hacerse toda una carrera de pregrado para poder acceder al ansiado doctorado. Pero no había forma de detenerlo, ni de desanimarlo. Allá fueron, recién casados con Viviana, quien lo acompañó fielmente en su incansable carrera, a la que luego se unieron sus adorados hijos, Luciano y Alejandro, alias el tortugo y el renacuajo. No pudo conseguir una posición enseguida en Estados Unidos, así que se pasó un tiempo en Suiza de postdoc, insistiendo hasta que logró el puesto que deseaba en Estados Unidos, esta vez en Cornell.

Tuve el privilegio de ser el amigo más cercano de Sergio, privilegio del que, como muchas otras cosas, sólo fui conciente mucho después. Cómo olvidar aquellas veladas en su departamento del 9no B, donde nos amanecíamos divagando sobre los temas de lógica y matemática que nos fascinaban, discutiendo de moral, religión, política, o simplemente hablando tonteras. Delicias de una época de la vida en que el tiempo sobra y las responsabilidades son casi irrelevantes. Siempre, en algún momento imposible de prever, Sergio se dormía en forma irremediable, y yo sólo podía irme si conseguía encontrar la llave para poderlo dejar cerrado en su departamento.

Siempre recordaré a Sergio, además, por su generosidad. Mejor provisto económicamente que la mayoría de sus compañeros de Facultad, nunca tenía el menor reparo en que termináramos usando su auto, su departamento, su PC, sus libros, para lo que fuera. Hasta se ponía incómodo para salir del aprieto cuando algún pedido descarado superaba lo razonable. Nuevamente, no sé si lo supe apreciar en su momento.

Le decíamos "el disperso". No era para menos. Mientras nosotros nos contentábamos con llevar de la mejor forma posible los cursos que nos tocaban, Sergio no paraba de explorar todas las cosas que le fascinaban. Y no sólo en la carrera. También le fascinaba pilotear aviones, bucear, estudiar idiomas, y otras cosas que mi memoria se niega a entregarme. Sergio vivió la vida con pasión, frenéticamente, disfrutándola al máximo. Como si hubiera sabido que tenía que apurarse.

Uno de mis mejores recuerdos de juventud es el viaje que hicimos con Sergio a dedo, desde La Plata hasta su casa en Río Grande, Tierra del Fuego, para pasar las fiestas con su familia. Fue un viaje larguísimo y agotador, en el que pasamos mucho tiempo haciendo dedo y poco disfrutando de las paradas del camino. Pero de pocos viajes disfruté tanto como de esa accidentada e incierta aventura. Nos pasó de todo, desde ir resbalando en suciedad de vacas en el acoplado de un camión manejado por dos borrachos (mientras Sergio se sostenía con una mano y trataba de leer a Kafka con la otra), hasta pasar unas horas detenidos por única vez en nuestras vidas, por un policía de un pueblo perdido al que le pareció sospechoso que Sergio fuera a una casa a pedir pan duro. Se nos acabaron los cajeros automáticos en algún punto después de Neuquén y no vimos otro hasta Bariloche. Gastamos nuestros últimos centavos en una panadería de San Martín de los Andes. Yo quería comprar el pan más barato para maximizar el rendimiento de esos centavos, pero Sergio vio unas facturas ínfimas pero irresistibles, y por supuesto no hubo cómo convencerlo. Le di la mitad de mis centavos, se compró dos facturas, y al rato estaba muerto de hambre. Pretendí darle una lección de practicidad disfrutando mi bolsa llena de pan para varios días, pero pronto comprendí que si no le daba pan Sergio desfallecía y no podía cargar su mochila. Igual pasamos hambre varios días, que finalmente matamos con una comilona memorable en el primer restaurante que vimos al salir del cajero automático en Bariloche. Nos bañamos en el helado Lago Puelo, sólo para no ser menos que unos niños del lugar, nos aburrimos de hacer dedo en Caleta Olivia... y el viaje terminó con su papá yéndonos a buscar en avioneta a Río Gallegos, de donde no fuimos capaces de conseguir que alguien nos cruzara a la isla. Viendo el aspecto que teníamos después de casi un mes de viaje, es un milagro que alguien nos haya llevado hasta ahí.

La última vez que vimos a Sergio y su familia, ellos estaban en Lausanne y nosotros (mi esposa Betina y yo) en París, de postdoc. Me felicito de, por una vez, haber tenido la visión de comprender la importancia del momento, y haber decidido ir a pasar con ellos la navidad. Aún nosotros sin hijos, demostramos nuestra inexperiencia regalándole al mayor de los de ellos un bate de béisbol con pelotas (que sus padres neutralizaron escondiendo las pelotas, al menos mientras el bate se usara dentro de la casa) y al menor un avión chillón, por cuyos ruidos insoportables Sergio estuvo escribiéndome varios días diciéndome lo que pensaba de mi maravillosa idea, hasta que se le acabaron las pilas y jamás fueron reemplazadas. Nosotros nos habíamos alojado en una pensión regenteada por una viejita viejísima... y su mamá. Sergio y Viviana insistieron en que nos quedáramos a dormir en su casa, pero les dijimos que ya habíamos parado en la pensión. Cuando volvimos, tarde, a dormir, no hubo poder en el mundo que despertara a las viejitas, y no nos quedó otra opción que volver a la casa de nuestros anfitriones a pedirles una cama. Nos abrió Viviana, pues Sergio dormía de la misma forma que cuando me quedaba en su departamento más de una década atrás: como tronco. Viviana me cedió su lugar en la cama al lado de Sergio, y se fue con Betina a otra pieza. A la mañana, cuando me desperté, lo ví a Sergio mirándome fijamente, más dormido que despierto, y diciéndome totalmente desconcertado: "Y vos qué carajo hacés acá?"

Eso fue hace ya 7 años, y no nos volvimos a ver. Pero él siempre estaba ahí. Bastaba enviarle un mail cuando quería conversar de algo importante o de alguna tontera. El martes cambió el mundo. Sergio se estrelló piloteando una avioneta, haciendo una de las cosas que lo apasionaban, pero dejando solas a las personas que más amaba. Qué cruel venganza del destino, celoso de que lograra todo. Con Sergio se muere también una parte de mí. Quería escribir estas líneas para decirte que siempre recordaré tu generosidad, tu alegría de vivir, tu tesón. Ojalá algo se me haya contagiado. Ojalá aprenda a reconocer las cosas importantes cuando aún no es demasiado tarde. No como Borges.

Gonzalo Navarro, 28/7/07