Autobiografía 

-Abuelita, vamos a dar una voltita a la Avenida Ota.

Es la primera frase que se me viene a la cabeza a la hora de pensar en mi infancia. Y que mejor forma de comenzar una autobiografía que con la infancia. Los ochentas estaban concluyendo, el Papa había visitado Chile e iban a haber elecciones después de mucho tiempo. Mi familia había retornado a Santiago después de haber vivido unos años en la localidad de Nacimiento en el Sur. Vivía en la calle Rosita Renard con mis padres, mis dos hermanos mayores, Cristóbal y Cristián, mi nana Lupa y mi perro Roli. En la casa del frente estaban mis abuelos, mi Tata y mi Nona. Mi madre había decidido volver a trabajar, así es que pasaba gran parte del día con mis abuelos. La avenida Ossa se encontraba en remodelación, cientos de grúas y camiones se lucían por la avenida. Las grúas me alucinaban. Mi abuela me llevaba de la mano a la avenida Ossa a verlas. Recuerdo haberme soltado de la mano de ella y haber corrido hacia alguna, pero no tengo la certeza de haber logrado subir. Mi nona es una dibujante de excelencia, era mi “Señor Lápiz” personal. Le pasaba mis juguetes y le pedía que me los dibujara para luego colorearlos, y en caso de faltar algún detalle sea una hebilla de cinturón mal dibujada manifestaba mi enojo en base a rabietas. Era un niño rabioso. Mi Tata me bautizó como Sixtoquito Basaure, en honor a su tío Don Sixto Basaure Baeza que al parecer era uno de los caballeros más gruñones del Santiago de principios del siglo pasado. Mi abuelo, José Norman Octavio Bravo Basaure Bravo Baeza me hacía reír a carcajadas. Había hecho de todo en la vida, desde pertenecer a la fuerza aérea, ser bombero, funcionario público y  frecuentador  del Hipódromo de Santiago. Tenía un repertorio de frases celebres incomparables además de inventar los sobrenombres más originales que se puedan inventar. 

Los fines de semana íbamos con mi mamá y mi nona a la feria a comprar fruta. El barrio me encantaba, a una cuadra vivía un caballero de edad con su señora que yo pasaba a saludar mientras mi mama regaba el jardín, lo llamaba "mi amigo viejito". Este caballero había sido compañero de mi abuelo en el colegio. Mi abuelo me contaba que le decían “El Guatón Inmundicia”.

El día que mi viejo llego sonriente contando que había comprado una casa, todos celebraron menos yo.  No estaba de acuerdo con dejar ese barrio y vivir cerca de mis tatas.

Soy el menor de tres hermanos hombres. Mi hermano mayor Cristóbal era un niño intelectual adicto a la lectura y la televisión. Tenía respuestas a toda estupidez que pasase por mi imaginativa cabeza. De hecho me inventó que los reflejos solares que dejan los relojes eran “Bichos de Luz”. La historia de la gran batalla del imperio de bichos de luz contra los bichos de sombra (sombras de pájaros y accesorios varios) dejaba pequeña a toda la saga de George Lucas.  Mi otro hermano es Cristián, un ser de baja estatura extremadamente hiperactivo y sociable. Con Cristián jugábamos a luchar en un ring creado con las camas de la pieza. Cuando la lucha pasaba a mayores, Cristóbal llegaba en mi ayuda. Debo reconocer que muchas veces fui un traicionero al coludirme con Cristián para atacar a Cristóbal después de que éste me defendiera de Cristian. A pesar de lo bien que lo pasaba con mi hermanos, éstos muchas veces no me incluían en  sus juegos por ser el menor. Intuyo que dichas exclusiones me llevaron a crear a tres personajes que me acompañaron en un buen trayecto de mi infancia. Los hermanos Titi, Melan y Juan. Mis amigos imaginarios. Juan era exactamente un año menor que yo, Melan un año menor que Juan y Titi un año menor que Melan. Toda una progresión etariamente matemática. (Cabe destacar que mi madre siempre dudo de la sexualidad de Melan) . Crear personajes, dibujarlos y recortarlos debe haber sido mi mayor pasatiempo. De hecho tenía una caja llena de mis “juguetes de papel” creados por mí. Para mis padres era muy provechoso pues no tenían que gastar plata en juguetes. Me disfrazaba de tenista, de mozo, boxeador, ingeniero (como mi padre) y superhéroe. De todos mis disfraces, mi mayor creación fue el superhéroe “Charchaman”, creado con una capa negra un beetle negro con una insignia y un short negro. Ese disfraz lo usé en todos los sketch colegiales de la enseñanza básica. 

La buena vida empezó cuando anduve por primera vez en micro sólo. De ahí en adelante todo resulto más entretenido. Los viernes se transformaron en el mejor día de la semana por lejos.  Nos juntábamos con mis amigos después del colegio para ir a pelusear a Providencia, comprar revistas cochinas, sacarle puchos a mi hermano grande y  en ciertos ocasiones comprar algún vinito para todos. La primera juntada en la casa del Tavo estuve increíble, teníamos 14 años y los viejos de él no estaban en su casa. Invitamos a las chiquillas del otro curso, compramos una cajetilla de cigarros, una botella de pisco y una caja de vino. La primera juntada paso piola, nos reímos a mares y los chicles fueron suficientes para que nuestros padres no detectaran nada. Pero en la segunda juntada de Tavo, la cosa se había masificado mucha mas gente quería ir y bueno a Tavo lo sorprendieron y hubo castigo. Otra actividad que me encantaba era ir a conciertos musicales. Ver a Gondwana, Sol y Lluvia, Illapu en el Santa Laura estuvo increíble, además que ir conociendo nuevos lugares de la ciudad me alucinaba. O aquellos días de la cultura en el parque forestal, con mi hermano Cristóbal y sus amigos universitarios. Eran infinidades de mundos que aparecían y me entusiasmaban. A medida que ha pasado el tiempo que he dado cuenta que soy un apasionado por conocer nuevas culturas e interiorizarme con diferentes maneras de llevar la vida cotidiana.

Me presento: 
 
 
 

Soy Felipe José Bravo Márquez, nací el 3 de enero de 1984 en Santiago de Chile. En aquellos tiempos mis padres vivían en una ciudad extremadamente agitada y cosmopolita de la VIII región llamada Nacimiento, por lo tanto el hecho de haber nacido en Santiago fue un mero detalle. Para mi yo soy Felipe do Nacimiento. Luego recibí una rigurosa formación germana en el Colegio Alemán de Santiago. Aburrido de tanta rigurosidad y disciplina decidí tomar un camino más espiritual ingresando a la Escuela de Injenieria de la Universidad de Chile. En dicho templo, escogí las carreras de Ingeniería Civil en Computación e Ingenieria Civil Industrial con el fin de continuar mi camino hacia la transición.